
Entre tragos de tequila y sustos musicales.
En estos días de nubes grises y cielos de limpio garzo gélido, nuestra ciudad es bendecida por unas merecidas notas de calor y buen rock and roll.
Ellos se pueden tomar solos, con hielo, limón o en cualquier otra combinación, pero, sin duda, tu paladar no quedará indiferente a sus seductoras notas en compás musical de cuatro por cuatro.
Sin muchas presentaciones Tequila, por derecho propio, está entre los más grandes de la galería artística de nuestro país, y bueno, de Argentina también, ya que este cóctel combina sabiamente las notas de ambos extremos del Atlántico. Alquimia erudita que nos dejó placeres como “Rock and roll en la plaza del pueblo”, “Salta”, “El ahorcado”, “Mr. Jones” o las “Vías del ferrocarril”, entre otros. Además, como todos los mitos duraron poco, sólo cuatro vinilos. Lo justo, ¿para que más?
Nunca dejará de sorprenderme la magia de la música y su habilidad para hacernos atravesar el espacio-tiempo con sólo oír unas notas. “Rock and roll en la plaza del pueblo” lo oí por primera vez en un guateque de los de antes, era la fiesta de cumpleaños de un primo mío. En un garaje, con sonido de vinilo, con mirinda, sándwiches, pantalones de pana y apretadas camisetas de algodón con algún Naranjito. Recuerdo incluso el olor de ese garaje y la humedad de los vinilos acumulados. Era el principio de los ochenta.
Sin entrar en melodramas nostalgicoides sobre esa época, reconozco que se nos han ido muchas cosas. La principal: nuestra capacidad para ser felices disfrutando con lo poco que teníamos y en la verdadera compañía que nos hacíamos los unos con los otros. Sin frías tecnologías, sin mp3, sin televisores digitales, sin ipods, sin tdt, sin perfiles sociales en Internet y sin artilugios inanes de utilidad fútil. Teníamos la extraña habilidad para estar más conectados que en el presente. En la actualidad, preferimos estar aislados pero interconectados por las frías redes cibernéticas, que mezclados pero entrelazados por los cálidos lazos de humanidad. Que curiosos somos los humanos.
Sin ánimo de presumir de profetas por los vaticinios enviados al mundo desde nuestro modesto viaje por Babilonia, oímos en los mentideros culturales, que los mercaderes musicales han tardado poco en rescatar a los iconos musicales ochenteros del Black Power (véase Babilonia en Guagua del 14 de noviembre de 2008).
Michael Jackson, nuestro maiquel llacson de toda la vida, está preparando un musical ambientado en su segundo albúm en solitario “Thriller”. ¿Se acuerdan del acojo-videoclip de un tiznado Jackson en plan hombre lobo de garras krugerianas y ojos amarillento tipo lunes resaquero?
Para los que en aquella época cursábamos los primeros cursos de la EGB, ese vídeo fue una constante iconográfica en nuestras peores pesadillas nocturnas. Riánse ustedes del Euribor, de las profecías de San Malaquías o de la pseudo-crisis económica mundial… unas nimiedades al lado de esas danzas diabólicas que sacudía el menor de los Jackson Five. Hablando de menores… la verdad es que no me queda claro el motivo de la evocación de la época dorada Maikel en versión musical (que tendremos la suerte de ver interpretar posteriormente a los aspirantes de algo en cualquiera de los reallity-show que bombardean nuestras digestiones).
Por un lado, si pienso mal, la verdad es que recaudar un buen pellizco a golpe de taquillazos por los teatros del mundo debe sanear una economía jacksoniana marcada por decenas de oscuros casos inmorales. Además si sigo pensando mal, ¿no será que con los ojos cegados por el nuevo brillo de la Casa Blanca, estamos siendo seducidos por los antiguos iconos como burros con zanahorias atadas en cañas?
En tal caso, ante estas crueles dudas que me asaltan, opto por saltar en el salón de mi casa como si estuviera en la plaza del pueblo. Y como dijo Jackson al final de Thriller, me despido así: ¡¡¡Buajajajajajaja!!!
P.D: ¿De qué/quién se reía?
Gustavo Reneses

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