sábado, 21 de marzo de 2009

EVS-EL DIA 13 de marzo de 2009









El circo de las mentiras

En estos días de bendito éter garzo los babilonios respiramos felicidad al ver la tregua meteorológica que nos regala Eolo y sus camaradas volátiles.

Nos preguntamos si las preces babilonias de la anterior parada (véase Babilonia en Guagua del viernes 6 de marzo de 2009) conmovieron a nuestro áureo lucero y es por ello que nos deleita esta semana con su cálida presencia. En cualquier caso imploramos desde aquí las súplicas necesarias para que nos custodie incandescentemente hasta bien finalizado el estío, y si es posible, gran parte del otoño y principios del próximo invierno.

Las fechas primaverales están próximas, y al son de fanfarrias se acerca a nuestra ciudad el itinerante espectáculo de las artes malabares que con sus multicolores quimeras, carcajadas y un cuidado elenco de remotos artistas, dibujan la ilusión en los rostros de mayores y pequeños. 

Diversas civilizaciones diputan la paternidad de las ágiles destrezas enmarcadas en lienzos entoldados. Amadas por unos y denostadas por otros, - véase el poder- han cumplido décadas, siglos e incluso milenios entre nosotros. Han servido de mágico canal itinerante de artes imposibles entre grupos humanos separados por miles de kilómetros pero que vibraban al mismo compás cuando las troupes se instalaban por unos días en sus villas.

Sentado en esta parada guagüera o guagüil (que siempre es más divertido de pronunciar que autobusera o autobusil), contemplo la misteriosa Luna llena que a últimas horas de la tarde se eleva lentamente con un tamaño y luminiscencia monumental. Lentamente mi mente transfigura la escena, y es ahora, el astro que nos ilumina, el foco principal que usan los maestros de ceremonias cuando nos hipnotizan desde la arena del circo. Además, si me fijo bien, el cielo que nos cubre, en un increíble acto de metamorfosis, se convierte en una carpa esmerilada que acoge a cientos o miles de estrellas que con su tintineante latir luminoso parecen las pupilas de ávidos espectadores deleitándose con nuestras correrías diarias.

Empieza la revelación entre nubes desgarradas por la brisa nocturna:

¿Quién nos observa? ¿Quién se divierte a costa de nosotros? Rebotan en mi mente estas frases mientras angustiado levanto mis manos buscando los hilos que nos unen con el maestro titiritero. Los veo. Son muchos, pero de naturaleza evanescente.

En la siciliana Polichinela, el espectáculo nos brinda la clásica dicotomía de la lucha diaria con la muerte, alcanzando un estado apoteósico. No nos damos cuenta, pero si miramos alrededor, a las dimensiones corpóreas y cuánticas de nuestro teatro, el luthier de guiñoles cada vez maneja más sutilmente los hilos de nuestra tramoya contemporánea, convirtiéndonos sin percibirlo en simples muñecos de feria y con nosotros posiblemente la dicotomía del arte de la vida se diluye inexorablemente en los triviales pantanos de la mediocridad mediática.

Los múltiples mensajes externos que recibimos son confusos y contradictorios. Son vacíos e inertes. No tienen lógica. No pueden ser meditados, si pudiéramos ver a través de ellos buscando su lógica desaparecerían, porque sencillamente no existen. Pero da lo mismo, no tenemos tiempo para examinarlos, exigimos más circo para evadir nuestra responsabilidad analítica, escudriñamos cualquier rincón oscuro con la esperanza de encontrar algún gramo de soma que alivie y aligere nuestro caminar.

Por este motivo el circo sin pan que nos arrojan desde el palco está lleno de ídolos ataviados en rocambolescas artes no escénicas y en escenas sin arte que nos sacian temporalmente de la real y continuada decadencia existencial, moral e intelectual, a la cuál, y eso es verdaderamente desolador, nadie parece prestar la debida atención. Quizás ya no importe. Ya nada importa, en realidad, sólo era una ensoñación.

Vuelve a ser de noche, la luna brilla regia y señorial en el cenit de la bóveda celeste ajena a los problemas babilonios, mientras que los hilos de mis manos eran simplemente restos de serpentinas enredadas de algún espectáculo ya olvidado del circo de la vida.


Gustavo Reneses

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