
Rayas
Solo voy con mi pena
Sola va mi condena
Correr es mi destino
Para burlar la ley
Perdido en el corazón
De la grande Babylon
Me dicen el clandestino
Por no llevar papel
Recuerdo como de niño miraba fascinado los Atlas multicolores que pululaban por mi casa e intentaba imaginar cómo era el mundo de grande y cómo serían las personas que vivían en esos misteriosos lugares de nombres mágicos. Hoy a un clic de nuestro ratón -en la “Chorripedia”, por ejemplo- podemos preguntar por cualquier recóndito rincón de nuestro globo y tenemos al instante un insultante número de fotos, mapas físicos y políticos, la historia de la región en cuestión (que básicamente se reduce a luchas de sangre de muchos para el beneficio de pocos), variopintos índices económicos (¡recuerdo leer en los viejos compendios geográficos incluso el número de transistores por cada 1.000 habitantes!) y hasta enlaces hachetetepianos con los principales órganos de control del país. Como decían entonces: “Todo el Mundo al alcance de su mano”. Y casi cierto es, ya que actualmente, las magnitudes físicas terrestres caben en un pendrive, aunque sus desigualdades resultarían imposibles de compilar.
También me hipnotizaban las redes de rayas que surcaban los mapas: latitudes, longitudes, trópicos, husos horarios, principales rutas aéreas trasatlánticas, proyecciones cilíndricas, cónicas y hasta incluso azimutales gnomónicas. Pero por encima de todas ellas, destacaban las fronteras, curiosos trazos humanos que dividían la epidermis planetaria con una frivolidad insultante. Las más normales eran las divisorias en sistemas montañosos, islas o ríos pero también habían algunas de imposible comprensión: marítimas o aéreas (¿quién es el que pinta líneas en el aire? y es más, ¿cuántos peldaños tiene su escalera?), e incluso me llamaban la atención las fronteras dentro de fronteras.
Ahora con el paso de los años me pregunto si los exclusivos cotos que contemplaba en aquellos mapas trazados con genial maestría cartográfica, simbolizan realmente la delgada línea que separa a la raza humana de la avaricia homínida territorial.
Por muchas centurias que transcurran, el ser humano, como ser animaloide y terruñal que es, seguirá con su innata querencia por trazar divisiones ficticias sobre la vieja piel de nuestra roca madre. El noble génesis de las mismas puede tener connotaciones místicas, geográficas o históricas con irrebatibles razones, pero sin duda alguna, y por encima de todas, reina la eterna excusa de crear esas divisiones irreales para gobernar políticamente, coercitivamente o económicamente tanto a los de dentro como a los de afuera. Aunque en este último caso y de forma elegante se denomina: tratados comerciales o diplomacia, según sea el caso.
De estas marcas trazadas con plumillas y a ritmo de latigazos nacen sus hijas, quizás menos representadas en los mapamundis, pero de una importancia vital para los que pululamos por las tierras de Gaia. Así las fronteras culturales, económicas y sociales son las trillizas insolentes que con sus caprichosas decisiones truncan los anhelos de muchos babilonios. Silenciosas como las sombras, penetran en nuestra realidad cotidiana envolviéndonos con cálidos mantos raídos y susurrandonos, entre sueños, mantras vanos que van dibujando en nuestra conciencia redes de rayas que nos aíslan inexorablemente a unos de otros.
Y al final de todo, dará lo mismo nuestra postura sobre ellas y sus hijas, unos las ignorarán y otros las seguirán amando. Ellas, ajenas a nuestras luchas fraticidas, seguirán inalterables con esa sonrisa rígida e inhumana acotando de forma virtual espacios físicos con gente real atrapada entre sus barrotes.
Gustavo Reneses

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