sábado, 7 de marzo de 2009

EVS-EL DIA 27 de febrero de 2009









Con una parada obligatoria para descansar, Babilonia se asomó a la última semana del mes de febrero con la siguiente aportación: "Olores de Carnaval". Que lo disfruten. 

Olor a Carnaval

En estos días de intenso hedor en las calles de nuestra ciudad, vienen a esta parada por Babilonia dilemas ético-morales acerca del concepto libertad, tan denostado últimamente.

Dada la belleza de la palabra, han intentado adoptarla desde diferentes escuelas de pensamiento, incluso escuelas sin pensamiento o cualquier tertuliano televisivo de la prensa del corazón.

Tristemente, esta palabra tiene facultades elásticas, y es capaz de adquirir el significado que más se ajuste a la corriente que lo abandere, o más bien, a los intereses que convienen temporalmente a la corriente que lo abandere.

Hace unas semanas, un compañero ya casi amigo de toda la vida, me recomendó leer un interesante ensayo escrito por Isaiah Berlin, acerca de la libertad y sus dos interpretaciones. Por un lado está la “Libertad Negativa” que en palabras llanas sería la ausencia de obstáculos para poder hacer lo que a uno le entre en gana y el otro sería la “Libertad Positiva” que sería algo así como poder hacer algo no porque nadie me lo impida sino porque esté posicionado para poder hacerlo.

Para ilustrarlo mejor, pasemos a un ejemplo típico de manual de cuarto de la ESO: Un teleadicto quiere votar a su supercandidato en un superreallityconcurso chupi de la tele enviando un sms seguido de la palabra vota al 7700 porque es el mejor que canta-baila-enamora a un granjero o porque realiza espectaculares ruidos guturales mientras come. Esto es libertad negativa, amiguitos, porque puede hacer lo que le venga en gana porque está en su derecho. Sin embargo, si el personaje teleadicto, no dispone de saldo, su móvil con cámara de 15 burrigigas, blutú y radio AM/FM incorporada no tiene cobertura o está tan lejos del sofá que no tiene energía vital para arrastrase hasta el mencionado terminal telefónico y no puede enviar su voto; esto sería “Libertad positiva”, queridos alumnos, porque aunque nadie se lo impida, no está posicionado para realizarlo.

Sea cual sea nuestra elección o punto de vista, debe existir una correspondencia vital entre libertad y responsabilidad de los actos. Ya que de no existir tal reciprocidad, la libertad se denominaría libertinaje.

Desgraciadamente la bucanería intelectual y la ingenieria del libertinaje han prostituido vilmente los conceptos de libertad y han ultrajado impunemente los núcleos de pensamiento y ciencia, en pro de un lerdismo generalizado donde “nadie respeta lo de nadie” ni intelectualmente ni materialmente. Así de sencillo, así de triste y así de decadente es el futuro de la sociedad en la que navegamos.

Cada vez son más habituales las frases “porque es mi derecho”, “yo también me lo merezco”, “si ese lo tiene yo también”, “en mi opinión yo creo deque” y así un reguero de sesudas interpretaciones de la realidad desde el campo del anodino conocimiento uniformado e uniformante basado en la ausencia de un pensamiento crítico.

Llegados a este punto, usted se preguntará que tiene que ver el título del artículo “Olor a Carnaval” con lo hasta aquí expuesto. Buena pregunta. Pasemos a la exposición del nudo y ulterior desenlace.

Pasa la semana y un olor nauseabundo asoma entre los coches. Me pregunto si estamos importando petróleo de ínfima calidad, si el aceite de los motores de mis vecinos es de una marca blanca o si el asfalto a los 55 años de colocado desprende tal vaporoso aroma. Desgraciadamente, no es ninguna de las tres cosas, ni es la suma de las tres tampoco.

Descubro estupefacto que el origen del olor tiene su génesis en la pantagruélica muchedumbre que abanderando su concepto de “libertad negativa” y protegidos por el salvoconducto del libertinaje carnavalero realizan entre sombras, micciones, defecaciones y demás emisiones de líquidos corporales entre los vehículos, jardines, portales, cubos de basura, parterres, farolas y cualquier recoveco que permita un alto grado de intimidad entre su culo y la acera o carretera.

Cantidades ingentes de deyecciones corporales, por no decir “abundantes tronchos de mierda”, son depositados impunemente entre los bienes ajenos usurpando la libertad negativa de los otros conciudadanos, que ajenos a la indisposición carnavalera transitoria de los primeros, sufren los efectos colaterales, no del Carnaval, sino de la depravación moral de éstos. 

Cadenas para impedir que se fuercen cancelas, cartones, plásticos y chapas metálicas en los portales, litros de salfuman, lejía y otros antibacterianos son atesorados por quienes ven vulnerados sus derechos individuales, para afrontar con dignidad el amanecer de una injusta batalla.

Por el rumbo azaroso que está tomando la proa de nuestra nave en un mar de indolencia, me pregunto por la verdadera tragedia de los bienes comunes -donde aquello que es de todos a nadie le importa- y por el concepto de libertad individual que se diluye inexorablemente en un desfile de máscaras uniformadas por un pensamiento único.

 

 Gustavo Reneses

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