
Rapsodia en amarillo
Precisamente amarillos como los rayos de nuestra amada estrella más cercana, son los personajes de ficción que recogen las páginas centrales de nuestro bendito suplemento. Casi como un suspiro añorando el tiempo estival, han pasado la friolera de veinte años desde la aparición de los Simpsons en la arena televisiva, convirtiéndose por derecho propio en un icono iconoclasta de nuestra televisiva sociedad contemporánea.
El satírico y deslenguado universo simpsoniano ha “sacado las tiras” a la humanidad que los gestó con una total y venerable irreverencia entre los enfervorecidos aplausos de la masa popular. Las andanzas de sus antihéroes y las situaciones a caballo, entre psicodélicas y ridículas, definen con trazo firme el retrato social del mundo occidental desde una ácida caricatura.
Aunque desde diversos foros se ha intentado etiquetar la serie como “progre” o “antisistema”, la verdad es que en boca de sus autores, se ha abanderado un liberalismo a ultranza como piedra angular en la que construyen su mordaz crítica. En uno u otro sentido, la audiencia los devora en todas y cada una de sus reposiciones, no sabiendo si porque el amplio espectro televisivo que los degusta es de tendencia liberal, o porque la ideología no es asimilada por la masa, prefiriendo la estética a la ética.
Llegados a un punto donde se generan muchos dólares por metro cúbico, tienen forzosamente que rondar por las cabezas pensantes de la serie, los famélicos buitres que anuncian la muerte por éxito o envenenamiento de glamour.
La muerte por éxito es la disolución de la ética en un estético frasco de formaldehído. Los detractores de la serie, argumentan una disminución en la crítica más inteligente en los últimos años de la misma hacia unas posiciones más grotescas y sin contenido ácido en la epistemología de la serie. Cabe destacar que es más hilarante reírse de un eructo, pedo o similar encapsulamiento gaseoso corpóreo a desgranar la triste realidad de la decadencia occidental en todas y cada una de sus envolturas.
Seguimos con triste mirada quijotesca cómo las manifestaciones individuales y comunitarias, salvo honrosas y escasas expresiones, tienen a la uniformidad estética y a la ausencia de crítica razonada. Resignados como mansos atardeceres de verano ante el despiadado general invierno, podemos adivinar como el apestoso fango amarillo cubrirá sin excepción (acelerado o no por el calentamiento global), las más preciadas obras humanas, apareciendo ante nuestros ojos un extenso pantanal de mediocridad exitosa.
Y para muestra, un botón: la expresión del personaje Homer Simpson “D´oh” (en ingles es el equivalente a lo que nosotros le oímos como auh) aparece recientemente en el Oxford English Dictionary.
Como diría D. José Ortega y Gasset: “Que no sabemos lo que nos pasa: eso es lo que nos pasa.”
Gustavo Reneses

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