domingo, 22 de febrero de 2009

EVS-El DIA viernes 9 de enero de 2009









Como no podía ser de otra manera y tras las fiestas, la realidad se impone con su frías extremidades en forma de cuesta de enero, que para muchos mortales, se extiende hasta febrero o marzo. 

Se busca patrocinador

 

En estos días grises de enero, seguimos con la escoba barriendo el confeti y serpentinas de las últimas celebraciones del solsticio de invierno. Como dotados de vida propia, se esconden estos papelitos multicolores, en los más recónditos y sorprendentes lugares de nuestras viviendas hipotecadas onerosamente. No sería sorpresa que en pleno agosto, celebrando una chuletada casera con cualquier excusa, nos encontráramos bajo el sofá o en la gabeta de las herramientas con un ejemplar de los papiros iridiscentes celebrando todavía las navidades. De todas maneras, y pensando en positivo, barrer es un buen ejercicio para ir finiquitando las enormes cantidades de grasas mono y poliinsaturadas de los turrones, polvorones y demás dulces parentescos que se adhieren al contorno de nuestra esbelta cintura.


No terminamos de barrer todas las estancias de la vivienda, cuando somos llamados por las brillantes cornetas y clarines de Babilonia, para participar en la carrera individual por etapas más gloriosa de la historia. Treinta y una etapas donde los Delta y los Épsilon, cual deportistas de élite, atravesaremos con espíritu osado la Cueeeeeeeesta de enero. Ríanse ustedes de atravesar Rusia, Mongolia y China con un solo euro al día, de peregrinar el cono sur americano en motocicleta, 4x4 o en un monstruoso camión. Todo ello es una verdadera minucia. Esto es sin duda, lo más grande. Es la genuina y original Carrera de las Carreras. Si tuviera la desgracia de ser presentada por el saliente presidente norteamericano, sería denominada como la Madre de todas las Carreras. Sólo los más aguerridos participantes llegarán al 1 de febrero. Con suerte para algunos viciosillos del consumo, empatarán el mencionado raid ascendente con los meses de febrero, marzo y hasta abril.


En nuestro noble empeño por alcanzar la cima, los aviesos mercaderes gestarán ardides para distraernos de nuestra sana competición, y mediante suculentos descuentos indecorosos, descontarán o rebajarán retales de nuestra moral. Todo vale para consumir en el sistema mientras el nos consume a nosotros. A quién no le gusta sacudirse de gusto cuando pregunta inocentemente al vecino por cualquier aparato electrónico y nos responde con tono cándido que le ha costado tres euros más que a nosotros.


Picarescas mercantilistas aparte, mientras camino por la calle, me pregunto la posibilidad de pedirle a mi entidad de crédito una subvención o patronazgo por la hazaña deportiva tan brutal a la que me veo invitado a participar. ¿Qué diferencia hay entre escalar un ochomil, atravesar el desierto, circumpolar el Ártico o llegar a fin de mes -con suerte-?


No voy a descubrir nada nuevo para el conocimiento geográfico, pero puedo colocar igualmente una bandera en lo alto de la etapa 31. No voy a trazar una nueva ruta de la seda mejor y más rápida, pero puedo perecer de sed en el intento o congelarse mi crédito (aunque espero que sólo el bancario). ¿Entonces? Cumplo el requisito para ser apadrinado como aventurero del siglo XXI, ¿no?


Ya me veo a primeros de febrero caminando triunfante por las calles de mi ciudad entre la admiración del abnegado pueblo, oyendo cantos de júbilo y loores hacia mi persona, entorchado con los colores de mi Banco de confianza, de la Agencia Internacional de Cooperación en Deportes Varios de Mesa, el Comité Olímpico Internacional en cualquier disciplina deportiva de riesgo tipo chaise-longue, el reloj de mi patrocinador personal (porque lo importante no es lo que tengo, ni quien soy, sino lo que puedo proporcionar al que me patrocina) y el tatuaje en la nuca o similar de otro patrocinador personal, pero mucho más personal.

 

Lentamente, en medio de mi paseo onírico, comienzo a descender a tierra firme: cálida y fangosa. Ya no hay cintas de colores, banderas ondeando al viento y no tengo el reloj de mi patrocinador, es más, no tengo patrocinador.  Me doy cuenta que pese a trabajar y pagar y seguir pagando con nuestro dinero, no tenemos derecho a elegir a nuestro gusto nada de lo que conforma nuestro universo más cercano. Y mucho me temo, que en este caso, la musa de la cinematografía toma por un momento esencia de realidad y me susurra al oído lo mejor para atravesar enero dignamente: Camina o Revienta.

  

Gustavo Reneses

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