
Terminó el año 2008 y Babilonia concluyó su primer año en papel con un Cuento de Navidad. Que al final ni resultó ser cuento ni tampoco fue muy navideño. El título de esta parada fue Cuentos de navidad y otros cuentos
En estos días de ajetreo consumista, alimentación pletórica y cata sinfín de morapios y otros elixires espirituosos, el intelecto está poco predispuesto a devanarse los sesos en problemas de índole ético-espiritual, por lo que recurrimos, para alcanzar la luz sapiencial, a los entrañables cuentos de navidad. Grandes plumas como Charles Dickens con sus victorianos y flemáticos cuentos de navidad, han amenizado alguna vez nuestras tardes oscuras y frías del mes de diciembre.
Sea cual sea el autor, todas ellas se resumen en que alguien, por huraño que sea, se enternece en estas fechas tan entrañables. En el elenco de personajes nunca puede faltar el opulento mercantilista sin escrúpulos, el tierno y humilde proletario, alguien enfermo que se curará al final de la narración y un inevitable cameo de la dama portadora de la guadaña con su alter ego o espíritu navideño.
En mis recuerdos de niñez, evoco un viejo cuento en lengua inglesa que me leía mi padre de alguna añeja edición del Reader´s Digest (creo que era de tapas verdes). Versaba sobre una humilde niña de escasos recursos económicos que quería comprar para su hermana un precioso collar oneroso, al ser ella (la hermana), la que cuidaba de toda la familia por ser huérfanos. El sentimental joyero se enternece -no se sabe bien si por la proximidad de las fiestas navideñas o por la inocencia de la moza en cuestión- y le engaña en el precio diciendo que son unos peniques; justo los que tenía en la mano la niña (cuando en realidad costaba varios cientos de libras esterlinas). Al final el joyero de buen corazón tiene una recompensa porque descubre, al conocer a la justa hermana que viene a preguntarle extrañada por el precio real de la joya, que esa hermana rubia y abnegada era la mujer con que soñaba él.
Igualito que en la actualidad, donde el amor en todas sus dimensiones sigue imperando en nuestros actos diarios [véase la ironía]. Sin ir más lejos, los santos varones del Banco Central Europeo escondidos en la habitación 101 del Ministerio de la Abundancia, y persuadidos por las bienaventuranzas y bondades del espíritu de la navidad, han anunciado a bombo y platillo la rebaja de los ominosos tipos de interés. Todo ello para que nosotros -termitas voraces consumistas-, tengamos líquido, o en este caso metálico o plástico, para seguir consumiendo cantidades ingentes de bienes de consumo. Tal derroche de filantropía me enternece, nunca sabremos agradecer correctamente la magnitud de estos benevolentes actos.
Por mucho que pasen generaciones y pensadores, seguiremos siendo vanidosos y nos jactaremos de ser libres bajo los dulces efectos de un narcotizador consumo.
No son momentos para mucho más. Lo mejor de estas fiestas es recordar los buenos tiempos de nuestra niñez, sus gentes, el olor a petardos, inflarse a comer turrón y polvorones, cantar con el mayor número de gallos posible algún villancico y reunir a los familiares para seguir fabricando buenos momentos que nos permitan, en un futuro, atesorar en el corazón inolvidables recuerdos. Felices Fiestas.

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