
Más allá de las barriosesamescas lecciones de Coco y sus amigos, en nuestra vida real las nociones de términos confrontados como alto-bajo o cerca-lejos, tienden a enquistarse en modo exponencial cuando intimamos con la dicotomía realidad–ilusión, y sobre todo, el encontrar un sólido punto de referencia para enfocar dicho binomio.
Al igual que tenemos que optar por una sabia decisión ante el coquero dilema del desesperante zumbido del despertador mañanero que turba nuestro viaje onírico; en nuestra vigilia tenemos que decantarnos entre volar arropados con las ficticias alas de Morfeo en una pseudorealidad edulcorada con problemas banales, o vivir con los ojos abiertos donde podamos observar cómo desde el más noble de los hidalgos hasta el rufián más bravucón pierden los calzones, espíritu y hasta el corazón por raspar su parte del Fondo de los Reptiles.
Las noticias que en estos últimos días golpean nuestros sentidos menos comunes, nos relatan que en Tailandia reina el caos a cuenta de que unos pocos quieren atesorar lo que le corresponde a muchos, que se recrudece el ficticio pero sangriento conflicto en la República Democrática del Congo a raíz de los bienes que atesora Pachamama por esas latitudes, y que, como siempre, en Oriente Medio hay muertos y más muertos en nombre de Yahvé y sus aliados. Salpimentando todos estos casos, podemos recrearnos observando la simiesca pelea de algunos (ya casi mayoría), por alcanzar un lugar preferencial como estrella rutilante en el Callejón del Gato, son: los flamantes fabricantes de efímeras camarrupas.
El continuo esperpento monocromático al que nos hemos acostumbrado los habitantes de Babilonia, no debe insensibilizar nuestra capacidad para discernir de entre las sombras cavernosas, una brillante luz multicolor al fondo.
Entre senderos tamizados por las semillas de Antigona, florecen hermosas especies de nombres arcanos y belleza desconocida, me alejo oyendo de fondo quizás el lamento de uno de los esclavos habitantes de la caverna, que mediante la trasgresión (no siempre cultural) llegó a ser fuerte y eterno…
Así decía el cantar que me llegó entre los acordes de Céfiro:
Incauto el viajero que reposa dormido,
sedantes dedos tiene el ojo esmeralda
que todo entrega, pero nada da.
Hoy no quiero ya más dormir,
el oro de la tarde todo lo tiñe,
todo lo funde, y como yo, parece vivir.
A mi playa llegan olas remotas,
me acarician mientras juego
a que soy un viejo marinero.
El oro que fluye envuelve mi alma,
empero, acecha la noche vestida de seda,
rasgando el alma de los humanos con garras de plata.
Sentado allí, oigo un canto:
“…roja mi sangre, dorada la del astro
y añil el viento que silba entre nuestros labios..."
Gustavo Reneses

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