miércoles, 27 de mayo de 2009

EVS-EL DIA 22 de Mayo de 2009











De monos, eslabones y otros cantares.  


En estos días azules de mayo transcurre la primavera alterando con su 

presencia la sangre a todos. Bueno, para ser sinceros, a algunos más que 

otros. 

Esta guagua, con rumbo ignoto por tierras de Babilonia, descubre estupefacta 

que se conmemora, en estos días, el descubrimiento de lo que se denomina el 

eslabón perdido entre los humanos y los simios (algo así como un lémur mono) 

y que han tenido la genial idea de bautizar como Ida. Al parecer nuestra mona 

Ida, con cariño lo de mona, esta en perfecto estado, y eso que tiene una edad 

de 47 millones de años. Aclaramos antes de que alguno salga a comprar las 

velas del siguiente cumpleaños: es un fósil. En perfecto estado pero fósil. 

Lamentamos comunicar desde esta guagua que tal descubrimiento es una 

abominable falacia, una dulce milonga versada desde la noble literatura 

científica para obtener a saber qué tipo de oscuro beneficio. Tenemos pruebas 

más que demostrables de que tal eslabón está vivo y se mueve entre nosotros. 

Podría ser su vecina uno de ellos, mutantes, ladrones de cuerpo se ocultan 

entre las masas campando a sus anchas. Y nos hay solamente uno, hay 

cientos de ejemplares rondándonos con su esperpéntica presencia. 

Estos eslabones vivos, que no perdidos, dan muestra de ser el auténtico 

homínido que disfrazados de sapiens alegran con su presencia tope cutre 

nuestro matrix diario. 

Y además, lo que es peor, aparte de compartir acera, edificio y oficina, más de 

uno está motorizado, por lo que tenemos diversión asegurada durante 

kilómetros y kilómetros. 

Por ejemplo, nada más levantarse por las mañanas tenemos ese cafre al 

volante que alegra en clave de do mayor, la sinfonía mañanera de ruidos 

urbanos con el claxon todopoderoso. La pita, como cotidianamente se le 

conoce, debería fabricarse con una conexión directa al alternador, de tal 

manera que según aumentemos la presión sobre ella, notemos en nuestras 

huellas dactilares una descarga eléctrica “in crescendo”. Con este ejercicio 

pauloviano tenemos dos posibilidades: Que bien, mientras el sujeto salive, 

disipe su fruición por el uso innecesario del sonoro artilugio, o bien, que se 

quede pegado, fusionado y tostado para la eternidad en su volante de cuero, 

napa o similar. 

Este ejemplar de homínido basa su filosofía circulatoria, en la hipótesis de que 

su bocina es el elemento universal capaz de resolver el embotellamiento 

matutino del tráfico. Además de creer ser el único con discernimiento sobre el 

bien y el mal para adjudicarse el título de juez sonoro y “pitador” de la 

manzana. Total, tanta bravuconería automovilística, para llegar a la oficina 

servilmente y entonar a su superior: Si “bwana”, lo que usted ordene. 

Si hay algo que nos llene de adrenalina el cuerpo y sentirnos como Fernando 

Alonso en nuestro GP diario y no televisado, es notar el aliento motorizado del 

vehículo que comparte con nosotros la Pole Position. 

Cada vez es más habitual, en estos tiempos de crisis, modestos utilitarios 

ataviados con diversos elementos que facilitan la conducción deportiva. A 

saber: llantas de 16” y perfil reducido, escape triple de titanio, faldones 

serigrafiados con disparos o margaritas, alerones o leds de colores hasta en la 

antena. Un sinfín de elementos que nos hacen dudar si lo que tenemos al lado 

es un coche o parte del mostrador de la  ferrería del barrio que salio de paseo. 

Estos “fitipaldi” hacen ronronear estruendosamente el motor de su vehículo 

posiblemente para destupir los manguitos del carboncillo residual derivado de 

la combustión. O eso dicen. 

Total, que entre el de la sonora pitada (véase el elemento del párrafo anterior) 

situado tres puestos detrás del nuestro, y los acelerones del vecino de carril, en 

un par de semanas veo que la salida del semáforo de mi calle lo retransmite el 

calvo de la fórmula uno. Con los jocosos comentarios de Pedro de la Rosa, por 

supuesto. 

Por último, que sería de los conductores sin esa exquisita selección musical de 

nuestro pinchadiscos favoritos. Ese ser noble y caritativo, prócer del buen 

gusto, “DJ del asfalto” que deleita parte de nuestra ruta con los últimos éxitos 

de “reguetón” o como se escriba, cumbia o cualquier otro ritmo caribeño de la 

factoría sound machine. Las obras de este conductor se gestan en un equipo 

con mp3 “pa las canciones que me bajo con los colegas”, equipo de altavoces y 

refuerzo de bajos digno de una macrodiscoteca, y sobre todo, con los cristales 

de las ventanas bajados. Que nada ose perturbar la comunión entre las notas 

que salen de ahí y nuestros oídos. 

Desagradecidos somos al  no darle las gracias cuando se nos pega 

amistosamente a menos de veinticinco metros de nuestro vehículo. Ingratos. 

He aquí pues una breve demostración de nuestra hipótesis sobre el eslabón 

perdido y su pervivencia homínida en nuestros días. 

Buenas noches y buena suerte. 

 

 Gustavo Reneses

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