En los días de lluvia, el cuerpo se entumece, se encoge el alma y sólo podemos oír las gotas de agua golpeando nuestra cabeza, mientras buscamos un lugar para guarecernos.
Del viento nos sobrecoge la fuerza de sus aullidos, como penado llama a las almas incautas cuando sopla.
El calor sofoca nuestros sentidos y nos arrastramos como sedientos peregrinos en busca de un soplo de aire, vendiendo lo que sea por unos grados menos.
Sin embargo, de los elementos de la naturaleza más temidos por las almas buenas, es sin duda la niebla. Mística y silenciosa nos envuelve, no se escucha, ni se siente, pero está ahí rodeándonos. Ciega momentáneamente nuestros sentidos primarios y nos aísla de nuestra realidad más inmediata.
Los días de niebla intensa, podemos sentarnos a descansar en cualquier banco y tener al otro lado cualquier bestia del averno y no sentirla, aunque nos esté clavando sus frías y afiladas garras.
Es cierto que la niebla, como los oropeles de la sociedad moderna, nos aísla del ruido del mundo. Sin embargo y aunque lo intente, esta sigilosa forma de vida, no podrá llegar a tocar nunca con sus etéreos dedos el ruido de nuestro corazón.
Ambas son capaces de proporcionarnos mieles que emborrachen nuestros sentidos de placeres mundanos, fatuos y pasajeros. Placeres que se tornan amargos cuando amanece, cual hiel en boca de un sediento peregrino.
Por muy perdidos que nos encontremos en la niebla, tenemos que recordar que sólo es el humo de Babilonia... Sión estará siempre en el horizonte.
Del viento nos sobrecoge la fuerza de sus aullidos, como penado llama a las almas incautas cuando sopla.
El calor sofoca nuestros sentidos y nos arrastramos como sedientos peregrinos en busca de un soplo de aire, vendiendo lo que sea por unos grados menos.
Sin embargo, de los elementos de la naturaleza más temidos por las almas buenas, es sin duda la niebla. Mística y silenciosa nos envuelve, no se escucha, ni se siente, pero está ahí rodeándonos. Ciega momentáneamente nuestros sentidos primarios y nos aísla de nuestra realidad más inmediata.
Los días de niebla intensa, podemos sentarnos a descansar en cualquier banco y tener al otro lado cualquier bestia del averno y no sentirla, aunque nos esté clavando sus frías y afiladas garras.
Es cierto que la niebla, como los oropeles de la sociedad moderna, nos aísla del ruido del mundo. Sin embargo y aunque lo intente, esta sigilosa forma de vida, no podrá llegar a tocar nunca con sus etéreos dedos el ruido de nuestro corazón.
Ambas son capaces de proporcionarnos mieles que emborrachen nuestros sentidos de placeres mundanos, fatuos y pasajeros. Placeres que se tornan amargos cuando amanece, cual hiel en boca de un sediento peregrino.
Por muy perdidos que nos encontremos en la niebla, tenemos que recordar que sólo es el humo de Babilonia... Sión estará siempre en el horizonte.
Cuando miro al azul horizonte
"Cuando miro el azul horizonte

perderse a lo lejos,
al través de una gasa de polvo
dorado e inquieto,
se me antoja posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho.
Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego,
se me antoja posible a do brillan
subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.
En el mar de la duda en que bogo
ni aún sé lo que creo;
sin embargo estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro."
Gustavo Adolfo Bécquer

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