
Acordes cuerdos para desacuerdos.
En estos días previos a la santa semana, para los más afortunados, y santa media semana para el resto de los mortales, se hace obligatorio felicitar a los que sonríen pese al chaparrón de noticias “econoparanoícas” que está cayendo. Es más, algunos no sólo sonríen sino que le enseñan, totalmente estirado, el dedo corazón a los grises agoreros que todo de negro lo pintan. Aclaro. Negro europeo, no negro norteamericano.
La música las penas aleja y los músicos, más que nunca, están llamados a convertirse en los nuevos catalizadores de pensamiento positivo. Son los encargados de traernos, entre notas, la inspiración adecuada para llenar de magia nuestra cotidianidad.
Celebramos desde esta guagua viajera, el éxito de nuestros intérpretes en la escena local, nacional e incluso internacional. Con un desparpajo extraordinario y con una calidad compositiva nada tienen que envidiar a las bandas anglosajonas (objetivo insuperable para los de mi generación).
Desde que tengo uso de razón, las bandas canarias han tenido una peculiar manera de manufacturar la música, tanto, que se desarrolló el término “rock canario” para destacarnos de entre todas las versiones musicales que existen para este estilo. Y es más, se etiquetaron como “grupos de rock canario” a muchas otras bandas que no hacían rock... pero en fin, eso es otro cantar.
Actualmente, esa manufactura sigue siendo una marca de identidad, pero atesoramos tantos años de experimentación, que hemos logrado un producto refinado que ha transmutado por si solo hasta convertirse en una verdadera delicatessen para los oídos más exigentes. No quiero nombrar bandas porque en todo inventario dejamos siempre a alguien fuera, pero es posible afirmar orgullosos, que en la actualidad tenemos más de una decena de bandas que nos dejarían más que satisfechos en cualquier escenario.
En cualquiera de las variantes musicales que cosechan nuestros melómanos ejecutores, es de destacar que el arte y por extensión, la cultura con su genialidad e insultante frescura está llamada a romper la uniformidad de pensamiento que nos adoctrinan desde los diferentes púlpitos.
El miedo nos hace ser dúctiles en las cálidas manos del amo, el miedo nos hace aceptar situaciones o soluciones que, a priori, nunca hubiésemos acatado. Un acorde (a ser posible con una Les Paul flamígeramente diseñada o con una Stratocaster marfil encordada para una bestia parda zurda) en medio de la oscuridad, aunque sea fugaz, nos enseña que la oscuridad es sólo la ausencia de luz, y que desaparece cobardemente cuando la llama de la antorcha del conocimiento y de la libertad individual hace su triunfal puesta en escena.
La música las penas aleja y los músicos, más que nunca, están llamados a convertirse en los nuevos catalizadores de pensamiento positivo. Son los encargados de traernos, entre notas, la inspiración adecuada para llenar de magia nuestra cotidianidad.
Celebramos desde esta guagua viajera, el éxito de nuestros intérpretes en la escena local, nacional e incluso internacional. Con un desparpajo extraordinario y con una calidad compositiva nada tienen que envidiar a las bandas anglosajonas (objetivo insuperable para los de mi generación).
Desde que tengo uso de razón, las bandas canarias han tenido una peculiar manera de manufacturar la música, tanto, que se desarrolló el término “rock canario” para destacarnos de entre todas las versiones musicales que existen para este estilo. Y es más, se etiquetaron como “grupos de rock canario” a muchas otras bandas que no hacían rock... pero en fin, eso es otro cantar.
Actualmente, esa manufactura sigue siendo una marca de identidad, pero atesoramos tantos años de experimentación, que hemos logrado un producto refinado que ha transmutado por si solo hasta convertirse en una verdadera delicatessen para los oídos más exigentes. No quiero nombrar bandas porque en todo inventario dejamos siempre a alguien fuera, pero es posible afirmar orgullosos, que en la actualidad tenemos más de una decena de bandas que nos dejarían más que satisfechos en cualquier escenario.
En cualquiera de las variantes musicales que cosechan nuestros melómanos ejecutores, es de destacar que el arte y por extensión, la cultura con su genialidad e insultante frescura está llamada a romper la uniformidad de pensamiento que nos adoctrinan desde los diferentes púlpitos.
El miedo nos hace ser dúctiles en las cálidas manos del amo, el miedo nos hace aceptar situaciones o soluciones que, a priori, nunca hubiésemos acatado. Un acorde (a ser posible con una Les Paul flamígeramente diseñada o con una Stratocaster marfil encordada para una bestia parda zurda) en medio de la oscuridad, aunque sea fugaz, nos enseña que la oscuridad es sólo la ausencia de luz, y que desaparece cobardemente cuando la llama de la antorcha del conocimiento y de la libertad individual hace su triunfal puesta en escena.
Gustavo Reneses

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