Incauto el viajero que reposa dormido, 
sedantes dedos tiene el ojo esmeralda
que todo entrega, pero nada da.
Hoy no quiero ya más dormir,
el oro de la tarde todo lo tiñe,
todo lo funde, y como yo, parece vivir.
A mi playa llegan olas remotas,
me acarician mientras juego
a que soy un viejo marinero.
El oro que fluye envuelve mi alma,
empero, acecha la noche vestida de seda,
rasgando el alma de los humanos con garras de plata.
Sentado allí, oigo un canto:
"Tres marcas lleva mi pacto:
roja mi sangre, dorada la del astro
y añil el viento que silba entre nuestros labios..."
Gustavo Reneses, abril de 2008

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