domingo, 13 de enero de 2008

Venezzia

Este es un relato corto de noviembre de 2007, que surgió a raíz de la petición de una amiga para que le hiciera unas líneas para clase de italiano. Posteriormente en los meses de diciembre de 2007 y enero de 2008 terminé de darle forma.

Todavía recuerdo con nostalgia mis últimos siete días en Venecia. El final del verano asomaba ya en nuestros corazones y la tenue luz del amanecer inundaba de colores rojizos los adoquines de la plaza de San Marcos, todavía mojados por el rocío de la mañana. Antes de que Venecia sucumbiera al ruido del trasiego de visitantes, Collete brillaba en la total plenitud de su juventud. Alejándose entre los canales, sus manos mecían el viento mientras caminaba, sus dulces andares eran acompañados por su pelo largo y rubio que parecía fundirse con los rayos del sol mediterráneo. Un largo traje de gasa blanca delataba su cuerpo entre claros y sombras a modo de lienzo, cual Venus naciente de Boticelli, era su candidez tal, que suspiraban mis ojos por beber de sus labios.

El verano había sido largo y fructífero, aún salpicado de alguna tormenta; fue sin duda, como tenía que ser.

Desde la placidez que se respiraba en la húmeda mañana, las luces y las sombras, el frío y el calor, aparecen en círculo alrededor de mí. Ni comienzan ni acaban, simplemente están.
Y así, entre días de luz y de calor apareció Collete. En silencio, tímida pero decidida, surgió entre espigas doradas. Dándome de beber de su pecho la miel que todo lo cura, la medicina para seguir hacia el otoño. Susurrando me decía entre flores rojas, añiles y amarillas, esta cantinela:


"No hay mayor amor que ser y estar,

si estamos y somos, nos volvemos fuertes ante el parecer.

Las olas del mar nos acarician los pies,

mientras deshacen nuestros granos de la existencia

en la eterna memoria del mar".


Que más da que oscuros ojos censuren, ya todo da igual. El veneno de la envidia, vacía los ojos de las almas grises. Sombras en el canal, embozados y enmascarados nos ofrecían ramos de delicadas rosas de cristal, con pérfidos pétalos de metal.

Una espina, un dardo, otra espina, otro dardo: lujuria, gula, soberbia y así hasta siete lanzas desde la razón apuntando un corazón.

Hoy desde la oscuridad de mi lecho, proyecto esos cálidos recuerdos a modo de medicina que calme mi cuerpo y sede mi espíritu. Postrado así, sólo espero, que, cuando la muerte venga a buscarme para ir a visitar el Jardín de las Delicias, Collete se aproxime con su piel blanca, sus largos cabellos trigueños y mirándome a los ojos me de un cálido beso en mis labios.

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